Pedro y Juan
Pedro y Juan Ésta se había quedado sola con Pedro en la playa, porque ni uno ni otro tenían gana de saltar por entre las rocas ni mojarse los pies; y, sin embargo, parecía que evitaban quedarse juntos. Ella tenía miedo de él y él de ella, de sí mismo y de su crueldad que no podía dominar.
Se sentaron en una piedra uno al lado de otro.
Y los dos, bañados por el sol, cuyos ardores templaba la brisa del mar, contemplando aquella inmensa sábana de agua plateada, pensaban que para ellos hubiera sido mejor encontrarse así en otro tiempo.
La madre no se atrevía a hablar a Pedro, sabiendo que le contestaría con dureza, y él no osaba desplegar los labios, seguro de que acabaría por una violencia.
Golpeaba con la punta del bastón las piedrecillas que tenía a su alcance, y ella, que había cogido dos o tres chinitas, las pasaba distraídamente de una mano a otra. Por fin la mirada indecisa de la madre se fijó en Juan, que pescaba con la señora de Rosemilly, y les siguió con la vista, espiando sus movimientos y comprendiendo con su instinto de madre que no hablaban como todos los días. Les veía acercarse uno a otro cuando se miraban en el agua, permanecer frente a frente cuando interrogaban sus corazones y luego trepar a las rocas para sentarse juntos.