Pedro y Juan

Pedro y Juan

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Los dos callaron. Juan se admiraba de que la viuda, contra lo que decía, estuviera tan poco turbada. Él esperaba algunas coqueterías meticulosas, alguna vacilación, alguna incertidumbre. Y lejos de eso, en veinte palabras se encontraba ligado y poco menos que casado. Como los dos estaban de acuerdo no les restaba nada que decirse, y quedaron en una situación un poco embarazosa, sin atreverse a hablar ni a pescar y sin saber qué hacer.

La voz de Roland les gritó:

—Por aquí, por aquí. Vengan ustedes a ver a Beausire. Va a despoblar el mar.

El capitán, en efecto, realizaba una pesca prodigiosa. Mojado hasta los riñones, iba de charco en charco, conociendo con una sola ojeada los sitios mejores, y recorriendo con un movimiento seguro y lento de su red todas las cavidades ocultas bajo las hierbas.

Y los hermosos cangrejos transparentes, de un rubio gris, se agitaban en su mano cuando los cogía con rapidez para echarlos en la cesta.

La señora de Rosemilly, sorprendida, encantada, le seguía, procurando imitarle, olvidada casi de su promesa y de Juan que no la abandonaba, para entregarse por completo al goce infantil de coger crustáceos bajo las hierbas flotantes.

Roland exclamó de pronto:

—¡Calle! mi mujer también viene.


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