Pedro y Juan
Pedro y Juan Ella entonces pareció adoptar una resolución y decidirse a hablar de negocios y renunciar a sus placeres.
—Sentémonos en esa piedra —dijo—, y podremos hablar tranquilamente.
Treparon a la roca, que estaba un poco alta, y se sentaron al sol con los pies colgando. Entonces continuó la joven:
—Amigo mÃo, Ud. no es un niño, y yo no soy tampoco una joven soltera. Los dos sabemos de qué se trata y podemos pesar las consecuencias de nuestros actos. Si Ud. se decide a declararme su amor, supongo que naturalmente deseará Ud. casarse.
Él no esperaba que se le presentase tan escuetamente la cuestión, y contestó cándidamente:
—SÃ.
—¿Ha hablado Ud. a sus padres?
—No, querÃa saber si Ud. me aceptaba.
Ella le tendió la mano, aún mojada, y dijo mientras él la estrechaba con entusiasmo:
—SÃ, yo le creo a Ud. bueno y leal. Pero no olvide Ud. que no quisiera disgustar a sus padres.
—¡Oh!, ¿cree Ud. que mi madre no ha adivinado nada, y que amarÃa a usted como la ama si no deseara un enlace entre nosotros?
—Es verdad, estoy un poco turbada.