Pedro y Juan

Pedro y Juan

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Juan entonces no pescaba nada, pero la seguía paso a paso, acercándose a ella y aparentando gran desesperación por su torpeza y mucho deseo de aprender.

—Enséñeme Ud. —decía—, enséñeme Ud.

Cuando sus dos caras se reflejaban juntas en el agua clara que las plantas negras del fondo convertían en espejo Juan sonreía a la joven, que le miraba desde abajo y le enviaba besos con la punta de los dedos.

—¡Qué fastidioso es Ud.! —decía ella— amigo mío, no se pueden hacer dos cosas a un tiempo.

Él contestaba:

—Yo no hago más que una. La amo a Ud.

Ella se levantó, y dijo seriamente:

—¿Pero qué tiene Ud. hace diez minutos? ¿Ha perdido Ud. la cabeza?

—No, no he perdido la cabeza. La amo a Ud., y por fin me atrevo a decírselo.

Estaban en pie, metidos en el charco de agua salada que les mojaba hasta las pantorrillas, con las manos chorreando apoyadas en las redes y mirándose fijamente.

Ella dijo en tono entre satisfecho y contrariado:

—¿Para qué me habla Ud. de eso en este momento? ¿No podía Ud. esperar a otro día y no echarme a perder mi pesca?

—Perdone Ud. —murmuró él—, no he podido callar. Amo a Ud. hace mucho tiempo. Hoy ha acabado usted de volverme loco.


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