Pedro y Juan

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Pero el crustáceo agitaba sus largos bigotes y retrocedía ante la red. Juan le acosaba hacia los juncos, seguro de cogerlo. Cuando se vio bloqueado, se deslizó rápidamente por debajo de la red, atravesó la charca y desapareció.

La joven, que miraba con interés aquella caza, no pudo contener un grito:

—¡Torpe!

Juan se sintió herido en su amor propio, y con un movimiento irreflexivo metió la red en un hoyo lleno de hierbas. Al sacarla a la superficie del agua, vio dentro tres grandes cangrejos transparentes, que había cogido en su invisible escondite.

Los presentó triunfante a la señora de Rosemilly, que no se atrevía a cogerlos por miedo a la punta aguda y dentada de que tienen armada la cabeza. Por fin se decidió, y cogiéndolos entre los dedos los fue metiendo en la cesta con un poco de alga para que se conservasen vivos. Luego, habiendo encontrado un charco menos profundo, entró en el agua, un poco contrariada por el frío que sentía en los pies, y se puso a pescar a su vez. Era hábil y astuta, tenía la mano ligera y el acierto de cazador que a él le faltaba. Casi siempre que metía la red sacaba algún cangrejo engañado y sorprendido por la lentitud ingeniosa de su persecución.


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