Pedro y Juan

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—Pues si no ve Ud. otra cosa no hará Ud. gran pesca.

Juan murmuró cariñosamente:

—De todas las que puedo hacer, ninguna tan grata para mí.

—Ya verá Ud. cómo se escapa de su red —dijo ella riendo.

—Sin embargo, si Ud. quisiera…

—Yo quiero ver a Ud. coger cangrejos y nada más… por ahora.

—Es Ud. mala. Vamos un poco más lejos, aquí no hay nada.

Y la ofreció la mano para andar por las rocas resbaladizas. Ella se apoyaba un poco temerosa y él se sentía cada vez más invadido por el amor, por el deseo, por el hambre de aquella mujer, como si los sentimientos que le inspiraba hubiesen hecho explosión en aquel momento.

No tardaron en llegar a una charca más profunda, donde flotaban debajo del agua una porción de hierbas, largas, finas y de extraños colores, que nadaban hacia el mar arrastradas por una corriente invisible.

La señora de Rosemilly gritó:

—Mire Ud., allí veo uno, grande, muy grande.

Él lo vio también y entró resueltamente en el charco, aunque el agua le llegaba a la cintura.


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