Pedro y Juan
Pedro y Juan Eran las primeras palabras galantes que cambiaban.
—Vamos —dijo Juan algo aturdido—, sigamos antes de que nos alcancen.
Efectivamente, cerca de ellos se veÃa la espalda del capitán Beausire, que bajaba andando hacia atrás para sostener con las dos manos a la señora de Roland, y más lejos a Roland que seguÃa arrastrándose apoyado en los pies y en los codos, semejante a una tortuga, mientras Pedro le precedÃa vigilando sus movimientos.
El sendero menos escarpado se hacÃa una especie de camino inclinado, que rodeaba los enormes trozos desprendidos de la montaña. La señora de Rosemilly y Juan echaron a correr y llegaron pronto al tajo, que atravesaron para ganar las rocas, que se extendÃan en una larga y plana superficie, donde brillaban innumerables charcos de agua. La marea estaba ya muy lejos, detrás de aquella llanura llena de algas.
Juan se levantó el pantalón hasta las rodillas y las mangas hasta el codo, y gritando: «¡Adelante!» saltó con resolución el primer charco que encontraron.
Más prudente, aunque decidida a entrar también en el agua, la joven daba vueltas al rededor del charco, con pasos menuditos, porque resbalaba sobre las plantas viscosas.
—¿Ve Ud. algo? —preguntaba.
—SÃ, veo el rostro de Ud. reflejarse en el agua.