Pedro y Juan

Pedro y Juan

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Siguieron adelante, mientras Beausire, afirmándose en sus piernas cortas, tendía el brazo doblado a la señora de Roland, desvanecida por el vacío.

Roland y Pedro iban los últimos, y el doctor hubo de arrastrar a su padre, tan dominado por el vértigo, que a cada escalón se dejaba caer sentado.

Los jóvenes, que iban a la cabeza, andaban de prisa, y encontraron un banco de madera que invitaba al descanso a la mitad de la cuesta. Un hilo de agua clara brotaba de la roca y caía primero en una piedra hueca, que semejaba una cubeta, y desde allí formaba una cascada de ocho pies de altura y por fin se perdía entre las hierbas y los pedruscos.

—¡Qué sed tengo! —dijo la señora de Rosemilly.

Pero ¿cómo beber? Trató de recoger en el fondo de la mano el agua que se le escapaba por entre los dedos. Juan tuvo una idea, que fue atajar el agua con una piedra, y ella se arrodilló para beber en la misma fuente que se le presentaba a la altura de sus labios.

Cuando levantó la cabeza, llena de gotitas brillantes en la piel, en el pelo, en las cejas, Juan inclinado hacia ella murmuró:

—¡Qué linda es Ud.!

Ella contestó en el tono, que se adopta para reprender a un niño:

—¿Quiere Ud. callar?


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