Pedro y Juan
Pedro y Juan Juan, con la mirada encendida, miraba huir delante de él el tobillo delgado, la torneada pierna, la redonda cadera y el sombrero provocativo de la señora de Rosemilly. Y esta fuga activaba su deseo y le impulsaba a las resoluciones decisivas que toman bruscamente los indecisos y los tímidos. El ambiente tibio en que se marcaban el olor de la costa, de los juncos, de los tréboles, de las hierbas y de las rocas aún húmedas, le animaba más y más, y a cada segundo, a cada paso, a cada mirada que dirigía a la silueta esbelta de la joven, se sentía más decidido a decirla que la amaba y quería casarse con ella. La pesca le serviría, facilitándole hablarle aparte, siendo además muy a propósito para hablar de amor aquel lugar poético y solitario.
Cuando llegaron al final del valle, al borde del abismo, vieron una senda que bajaba a lo largo de las rocas, entre el mar y el pie de la montaña, pasando por en medio de una porción de rocas enormes que parecían los restos de una gran ciudad destruida por un terremoto o por el empuje del Océano y dominada por el muro blanco y prolongado de la costa.
—¡Qué hermoso es esto! —dijo parándose la señora de Rosemilly.
Juan se había acercado, y con el corazón conmovido, la ofreció la mano para bajar la estrecha escalera cortada en las rocas.