Pedro y Juan
Pedro y Juan Juan, desde que había recogido su herencia, se preguntaba todos los días si se casaría o no. Cada vez que la veía se inclinaba a la afirmativa, pero cuando se encontraba a solas pensaba que tenía tiempo para reflexionar. Ella era menos rica que él, porque no tenía más que unos doce mil francos de renta; pero los tenía en bienes raíces, fincas rústicas y terrenos en el Havre muy bien situados, que con el tiempo podían valer mucho. Las fortunas, pues, eran iguales, sobre poco más o menos, y la viuda le gustaba mucho.
Aquel día, viéndola andar delante, pensaba: «Nada, hay que decidirse: no encontraré cosa mejor».
Atravesaron un pequeño valle inclinado, que bajaba desde el pueblo hasta la costa, que por aquel lado era muy cortada y dominaba el mar desde una altura de ochenta metros. En el marco que formaban las costas verdes, que bajaban a derecha e izquierda, se veía a lo lejos un gran triángulo de agua, que, iluminada por el sol, parecía de plata, y allá abajo una vela, apenas visible, parecía un insecto. El cielo, lleno de luz, se confundía con el agua de tal manera, que no se distinguía dónde acababa el uno y empezaba la otra, y las dos mujeres, que precedían a los tres hombres, dibujaban fuertemente sus siluetas sobre aquel horizonte claro y despejado.