Pedro y Juan

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Roland no podía parar de impaciencia. Quería comprar los útiles empleados en esta pesca, que se parecen mucho a los que sirven para coger mariposas en las praderas, y son una especie de bolsas de red sujetas a un aro de madera puesto en la punta de un palo. Alfonsina, siempre sonriendo, se los prestó, y ayudó a las señoras a improvisar un traje para no mojar sus vestidos, dándoles faldas, gruesas medias de lana y calzado a propósito. Los hombres se quitaron las medias y compraron en casa del zapatero de la comarca zapatos y zuecos.

Se pusieron en marcha con las redes al hombro y la cesta en la cabeza. La señora de Rosemilly en aquel traje estaba muy graciosa.

La falda prestada por Alfonsina, coquetamente levantada y sujeta por un punto para poder saltar y correr sin miedo por las rocas, dejaba ver el tobillo y el nacimiento de la pierna, una pierna bien formada de mujer robusta y fuerte. El talle quedaba suelto para no estorbar la libertad de los movimientos, y en la cabeza se había puesto un inmenso sombrero de jardinero, de paja amarilla, con alas desmesuradas, sujetas por un lado con una rama de tamarindo, lo que le daba un aspecto de mosquetero audaz y agradable.


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