Pedro y Juan

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La galería de cristales, iluminada por una araña y vasos de colores ocultos entre las palmeras, los plátanos y las flores, parecía al primer golpe de vista una decoración de teatro. Hubo un segundo de asombro. Roland, maravillado de ver tanto lujo, lanzó una interjección y sintió deseos de palmotear como en las apoteosis.

Luego entraron en la primera salita, tapizada con tela de color de oro viejo igual a las sillas. La gran sala de consultas, muy sencilla, de un rojo salmón pálido, tenía un gran aspecto.

Juan se sentó en el sillón, delante de su mesa, y dijo con afectada gravedad:

—Sí, señora, los textos de la ley son terminantes, y me dan, con el asentimiento que yo había anunciado a Ud., la absoluta seguridad de que antes de tres meses el asunto de que hemos hablado tendrá una solución satisfactoria.

Al decir esto miraba a la señora de Rosemilly, que sonrió mirando a la señora de Roland: ésta le cogió la mano y se la estrechó.

Juan, radiante, hizo una cabriola de colegial y exclamó:

—¡Qué bien resuena aquí la voz! Esta sala sería magnífica para informar.

Y se puso a declamar:


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