Pedro y Juan
Pedro y Juan En el break, a la vuelta, todos los hombres menos Juan durmieron.
Beausire y Roland se dejaban caer cada cinco minutos sobre el hombro de sus vecinos, que los rechazaban. Entonces se incorporaban, dejaban de roncar, abrían los ojos y murmuraban: «Buen tiempo», y volvían a caer del otro lado.
Cuando llegaron al Havre su sopor era tan profundo que les costó trabajo sacudirlo, y Beausire se negó a subir a casa de Juan, donde les esperaba el té, teniendo que dejarle en la puerta de la suya.
El joven abogado iba a dormir por primera vez en su nuevo domicilio, y experimentaba una gran alegría, algún tanto pueril, enseñando precisamente aquella noche a su prometida la habitación en que viviría pronto.
La criada se había marchado porque la señora de Roland dijo que ella calentaría el agua y serviría el té; no le gustaba dejar velar a las criadas por temor al incendio.
Nadie más que ella, los obreros y su hijo habían entrado aún, para que la sorpresa fuera completa al ver lo bien que estaba todo.
En el vestíbulo, Juan rogó que le esperasen. Quería encender las bujías y las lámparas, y dejó a oscuras a la señora de Rosemilly, su padre y su hermano; luego gritó: «Adelante», abriendo de par en par la puerta.
