Pedro y Juan

Pedro y Juan

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VII

En el break, a la vuelta, todos los hombres menos Juan durmieron.

Beausire y Roland se dejaban caer cada cinco minutos sobre el hombro de sus vecinos, que los rechazaban. Entonces se incorporaban, dejaban de roncar, abrían los ojos y murmuraban: «Buen tiempo», y volvían a caer del otro lado.

Cuando llegaron al Havre su sopor era tan profundo que les costó trabajo sacudirlo, y Beausire se negó a subir a casa de Juan, donde les esperaba el té, teniendo que dejarle en la puerta de la suya.

El joven abogado iba a dormir por primera vez en su nuevo domicilio, y experimentaba una gran alegría, algún tanto pueril, enseñando precisamente aquella noche a su prometida la habitación en que viviría pronto.

La criada se había marchado porque la señora de Roland dijo que ella calentaría el agua y serviría el té; no le gustaba dejar velar a las criadas por temor al incendio.

Nadie más que ella, los obreros y su hijo habían entrado aún, para que la sorpresa fuera completa al ver lo bien que estaba todo.

En el vestíbulo, Juan rogó que le esperasen. Quería encender las bujías y las lámparas, y dejó a oscuras a la señora de Rosemilly, su padre y su hermano; luego gritó: «Adelante», abriendo de par en par la puerta.


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