Pedro y Juan
Pedro y Juan —¡Si Ud. supiese cuánto me alegro!
Se miraron un segundo con mucha ternura. Ella, sin embargo, estaba un poco confusa y cortada en aquel dormitorio que debÃa ser pronto su alcoba nupcial. HabÃa reparado al entrar que el almohadón era muy grande, un verdadero almohadón de matrimonio, escogido por la señora de Roland, que sin duda habÃa previsto y deseado el casamiento de su hijo; y esta precaución de madre la halagaba, porque indicaba que el enlace era esperado en la familia.
Cuando volvieron al salón, Juan abrió de repente la puerta de la izquierda y se vio el comedor circular, con tres ventanas, alumbrado por una lámpara japonesa. La madre y el hijo habÃan dado allà rienda suelta a su fantasÃa. Aquella habitación, con muebles de bambú, estatuas, jarrones, sederÃas bordadas de oro, transparentes con cuentas de cristal que parecÃan gotas de agua, abanicos clavados en la pared para sujetar las colgaduras, pantallas, panoplias con sus sables, sus caretas, juguetes de porcelana, de madera, de papel, de marfil, de nácar y de bronce, tenÃa el aspecto pretencioso y amanerado propio de manos poco hábiles y de ojos ignorantes de las cosas que exigen más tacto, más gusto, más educación artÃstica. Aquella habitación fue, sin embargo, la más admirada. Sólo Pedro hizo algunas observaciones con una ironÃa un poco amarga que mortificó a su hermano.