Pedro y Juan
Pedro y Juan Sobre la mesa habÃa pirámides de frutas y monumentos de pasteles.
Nadie tenÃa gana, pero chuparon las frutas y mordisquearon los pasteles más bien que comerlos. Al cabo de una hora la señora de Rosemilly pidió permiso para retirarse.
Se decidió que Roland padre la acompañarÃa hasta la puerta de su casa, mientras su mujer, en ausencia de la criada, darÃa la última mano a la habitación de Juan.
—¿Quieres que vuelva a buscarte? —preguntó el marido.
Ella, después de vacilar un momento, contestó:
—No, acuéstate. Pedro me llevará.
Cuando hubieron salido, apagó las bujÃas, guardó los pasteles, el azúcar y los licores en un mueble cuya llave dio a Juan, y luego pasó al dormitorio, entreabrió la cama, y vio si la botella estaba llena de agua y la ventana bien cerrada.
Pedro y Juan se habÃan quedado en el salón, éste aún mortificado por la crÃtica de su gusto artÃstico y el otro cada vez de peor humor por ver a su hermano en aquella casa.
Fumaban los dos sentados sin hablarse, cuando de pronto se levantó Pedro diciendo:
—¡Cristo, qué mala cara tenÃa la viuda esta noche! No le prueban las excursiones.