Pedro y Juan

Pedro y Juan

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Pero Pedro se puso también furioso. Todo lo que había en él de cólera impotente, de rencor comprimido, de rebelión dominada y de silenciosa desesperación se le subió a la cabeza como un golpe de sangre.

—¿Tú te atreves?… ¿te atreves?… Pues yo te mando que calles, ¿lo oyes? Te lo mando.

Juan, sorprendido por aquella violencia, calló algunos momentos, buscando en la turbación de espíritu en que nos sume el furor la cosa, la frase, la palabra que pudiera herir a su hermano en el corazón.

Procurando dominarse para herir, y hablar despacio para aguzar más las palabras, prosiguió:

—Hace mucho tiempo que me envidias, desde el día en que empezaste a decir «la viuda», porque comprendiste que me molestaba.

Pedro lanzó una de las carcajadas estridentes y despreciativas que le eran familiares.

—¿Envidiarte?… ¿yo?, ¿yo? Y ¿por qué?… ¿por qué?… ¿por tu figura, por tu talento?…

Pero Juan comprendió que había dado en la llaga.

—Sí, me envidias desde la infancia, y te has puesto furioso desde que has comprendido que esa mujer me prefería y te desdeñaba.

Pedro balbuceaba exasperado:

—¿Yo envidiarte por esa pava?

Juan, viendo que sus golpes daban en el blanco, añadía:


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