Pedro y Juan
Pedro y Juan —¿Y el dÃa que quisiste remar más que yo en la Perla? ¿Y todo lo que dices delante de ella para hacerte valer? ¡Revientas de envidia! Y desde que heredé esa fortuna tu rabia no conoce lÃmites; me odias y me lo has demostrado por todos los medios posibles, y has hecho padecer a todos y no pasas una hora sin escupir la bilis que te ahoga.
—¡Ah! Calla, calla… no hables de esa fortuna.
Juan prosiguió:
—La bilis te sale por los poros. No dices una palabra a mi padre, a mi madre o a mà en que no estalle. Finges despreciarme porque tienes envidia; riñes con todos porque tienes envidia. Y ahora que soy rico no puedes contenerte, lo envenenas todo y atormentas a nuestra madre como si tuviera la culpa…
Pedro habÃa retrocedido hasta la chimenea con la boca entreabierta, los ojos dilatados, presa de uno de esos arrebatos de ira que hacen cometer crÃmenes.
Repitió en voz baja y ahogada:
—¡Calla!, ¡calla!…
—No. Hace mucho tiempo que querÃa decirte esto. Tú me presentas la ocasión, tanto peor para ti. Yo amo a una mujer. Tú lo sabes y la menosprecias en mi presencia… Pues bien, yo te arrancaré los dientes de vÃbora… Yo te obligaré a respetarme…
—¿Respetarte?
—SÃ.