Pedro y Juan
Pedro y Juan —¿Respetarte… a ti… a ti que nos has deshonrado con tu codicia?
—¿Qué dices? ¡RepÃtelo! ¿Qué dices?
—Digo que no se acepta la fortuna de un hombre cuando se pasa por hijo de otro.
Juan quedó inmóvil, sin acabar de comprender la terrible insinuación que presentÃa.
—¡Vuelve a repetirlo!
—Digo lo que todo el mundo murmura, lo que todo el mundo sospecha: que tú eres hijo del hombre que te ha dejado su fortuna, y que un hombre digno no acepta el dinero que deshonra a su madre.
—¡Pedro! ¡Pedro!… ¿eso piensas? ¿Y eres tú… tú, quien dice esa infamia?
—SÃ, yo mismo… yo. Tú no has visto que hace un mes me muero de pena, que paso las noches sin dormir y los dÃas ocultándome como un salvaje; que no sé ni lo que digo, ni lo que hago, ni lo que será de mÃ. Tanto padezco con esta ignominia que empecé por adivinar y de la que ahora estoy seguro.
—¡Pedro!… ¡calla!… mamá está en ese cuarto. Piensa que puede oÃrnos… que nos oye.
Pero el doctor necesitaba desahogar su corazón y lo dijo todo: sus sospechas, sus razonamientos, sus luchas, su certidumbre, la historia del retrato que habÃa vuelto a desaparecer.