Pedro y Juan
Pedro y Juan Hablaba como un alucinado, pronunciando frases cortas, incoherentes, casi sin ilación.
Parecía olvidado de Juan y de su madre. Hablaba como si nadie le escuchase, porque necesitaba hablar, porque había sufrido y callado mucho. Porque su herida comprimida se había hinchado como un tumor y acababa de reventar manchando a todos. Paseaba de un lado para otro, según su costumbre, con los ojos fijos, gesticulando con el frenesí de la desesperación, ahogando los sollozos en su garganta o irritándose contra sí mismo; hablaba como si hubiera confesado su miseria y la miseria de los suyos, como si hubiera arrojado su pena al aire invisible y sordo que se lleva las palabras.
Juan, consternado y casi convencido por la ciega energía de su hermano, se había puesto delante de la puerta detrás de la cual adivinaba que les estaba escuchando su madre.
Para salir ésta necesitaba atravesar el salón; no lo había hecho, luego no se había atrevido.
Pedro, de repente, dio una patada en el suelo y gritó.
—Soy un cobarde por haber dicho todo esto.
Y huyó por la escalera con la cabeza descubierta.