Pedro y Juan

Pedro y Juan

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El ruido de la puerta de la calle, cerrándose con estrépito, sacó a Juan de su estupor. Habían pasado algunos segundos, más largos que horas, y su alma se hallaba sumida en un anonadamiento como de idiota. Comprendía que necesitaba pensar, hacer algo; pero esperaba resistiendo a la evidencia por miedo, por debilidad, por cobardía. Era de la raza de los contemporizadores, que lo dejan todo para el día siguiente; y cuando necesitaba tomar una resolución en el acto, trataba aun por instinto de ganar algunos momentos.

Pero el silencio profundo que después de las vociferaciones de Pedro le rodeaba, aquel silencio súbito de las paredes, de los muebles, y la luz de las seis bujías y las dos lámparas, le asustó de pronto y sintió deseos de escapar también.

Entonces procuró serenar su pensamiento y su corazón y trató de reflexionar.

Nunca había encontrado una dificultad en la vida. Era de esos hombres que se dejan ir como el agua que corre. Había estudiado con cuidado por no sufrir castigos y terminado su carrera de derecho con regularidad, porque en él todo era metódico. Todas las cosas del mundo le parecían naturales, sin llamarle mucho la atención. Amaba por temperamento el orden, la prudencia y el reposo, y se encontraba ante aquella catástrofe como un hombre que cae al agua sin saber nadar.


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