Pedro y Juan
Pedro y Juan Primeramente quiso dudar. ¿Había mentido su hermano por odio o por envidia?
¿Cómo había de ser tan miserable que dijera de su madre una cosa semejante si él mismo no se hallara poseído de la desesperación? Y además, Juan conservaba en el oído, en la mirada, en los nervios, hasta en la carne, ciertas palabras, entonaciones y actitudes de Pedro tan dolorosas como irresistibles, tan irrecusables como la certidumbre.
Se sentía harto anonadado para hacer un movimiento o tener una voluntad. Su malestar se hacía intolerable, y sentía que detrás de la puerta estaba su madre que lo había escuchado todo y que esperaba.
¿Qué hacía? Ni un movimiento, ni un quejido, ni un suspiro revelaban la presencia de un ser detrás de aquella tabla. ¿Había huido?, ¿por dónde? Para huir tenía que haberse tirado por la ventana a la calle.
Le invadió un sobresalto de terror tan rápido y tan imperioso, que abrió impetuosamente la puerta y se precipitó en el dormitorio.
Parecía vacío. Una sola bujía lo alumbraba puesta sobre la cómoda.
Juan se dirigió a la ventana. Estaba cerrada, con la falleba echada.