Pedro y Juan

Pedro y Juan

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Se volvió, registró con la ansiosa mirada los rincones oscuros, y vio que las colgaduras de la cama estaban corridas. Las descorrió y encontró a su madre echada, con la cara escondida entre la almohada, que sujetaba con ambas manos sobre la cabeza para no oír.

Al pronto la creyó ahogada. Luego, habiéndola cogido por los hombros, la volvió sin que soltase la almohada que la ocultaba el rostro y que mordía para no gritar.

Pero el contacto de aquel cuerpo rígido, de aquellos brazos crispados, le comunicó la sacudida de su indecible tortura. La energía y la fuerza con que retenía con uñas y dientes la tela rellena de plumas sobre su boca, sobre sus ojos y sobre sus orejas para que no la viese ni la hablase le hizo adivinar, por la conmoción que recibió, hasta qué punto se podía sufrir. Y su corazón, su sencillo corazón, fue desgarrado por la compasión. Él no era un juez, ni siquiera un juez misericordioso, sino un hombre débil y un hijo lleno de ternura. No recordó nada de lo que el otro le había dicho, no razonó ni discutió; tocó solamente con sus manos el cuerpo inerte de su madre, y no pudiendo arrancarle la almohada de las manos, gritó besando su ropa:

—Mamá, mamá, querida mamá, mírame.

A no ser por el ligero estremecimiento que recorría todos sus miembros, como la vibración de una cuerda tirante, se la hubiera creído muerta.


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