Pedro y Juan
Pedro y Juan —Mamá, mamá, escucha. Eso no es verdad; yo sé que no es verdad.
Luisa tuvo un espasmo, una sofocación, y sollozó sobre la almohada. Entonces todos sus nervios se debilitaron, sus músculos se aflojaron, sus dedos se entreabrieron soltando la tela y Juan la descubrió el rostro.
Estaba más que pálida, blanca, y de sus párpados cerrados corrÃa abundante llanto. Abrazándose a su cuello, Juan la besó en los ojos con inmensa ternura, repitiendo:
—Mamá, querida mamá… yo sé que no es verdad… No llores… eso no es verdad…
La madre se levantó, se sentó, le miró, y haciendo uno de esos esfuerzos de valor que se necesitan en ciertos casos para matarse, dijo:
—SÃ, es verdad, hijo mÃo.
Los dos quedaron mudos, uno delante de otro. Durante algunos segundos ella siguió sofocada, sin poder respirar; luego consiguió dominarse, y añadió:
—Es verdad, hijo mÃo. ¿A qué mentir? es verdad. Si yo mintiese, tú no me creerÃas.
ParecÃa una loca. Juan, lleno de terror, cayó de rodillas a los pies de la cama, diciendo:
—Calla, mamá, calla.
La madre se levantó con una resolución y una energÃa aterradoras.
—No tengo más que decirte. Adiós, hijo mÃo.