Pedro y Juan
Pedro y Juan Y se dirigió hacia la puerta.
Él la cogió en sus brazos gritando:
—¿Qué haces, mamá? ¿Adónde vas?
—No lo sé… no lo sé… No tengo ya que hacer, puesto que estoy sola.
La triste luchaba por desasirse, pero él la retenÃa sin acertar a decirla más que una sola palabra:
—Mamá, mamá… mamá.
La madre contestaba redoblando sus esfuerzos.
—No, no, ya no soy tu madre; ya no soy nada para ti, para nadie. No tienes ni padre, ni madre, hijo mÃo… Adiós.
Juan comprendió súbitamente que si la dejaba marchar no la verÃa más, y cogiéndola en brazos la llevó al sillón, donde la sentó por fuerza, y arrodillándose y encadenándola entre sus brazos la dijo:
—No saldrás de aquÃ, mamá… Yo te amo y te conservo… Siempre a mi lado, tú eres mÃa.
Ella murmuró con voz ahogada:
—No, pobre hijo mÃo, no es posible. Esta noche lloras y mañana me arrojarÃas. Tú tampoco me perdonarÃas.
—¿Yo, yo? ¡Qué poco me conoces! —repuso Juan con un arranque de amor tan sincero, que su madre le cogió la cabeza con ambas manos y la cubrió de besos.