Pedro y Juan
Pedro y Juan Luego permaneció inmóvil, con la cara pegada a la de su hijo, sintiendo el calor de su carne, y diciéndole al oÃdo:
—No, querido Juan, mañana no me perdonarÃas. Hoy lo crees y te engañas. Me has perdonado esta noche, y ese perdón me ha salvado la vida; pero es preciso que no vuelvas a verme.
—Mamá, no digas eso.
—SÃ, es preciso que me vaya. No sé adónde, ni cómo, ni lo que diré, pero es preciso. No me atreverÃa a mirarte ni a besarte, ¿comprendes?
Entonces Juan replicó a su vez en voz muy baja:
—Tú te quedarás porque yo lo quiero, porque te necesito, y ahora mismo me vas a jurar obedecerme.
—No, hijo mÃo.
—Es preciso, ¿lo oyes? es preciso.
—No, es imposible. SerÃa condenarnos los dos a un infierno. Yo sé desde hace un mes lo que es este suplicio. Tú estás conmovido, pero cuando te serenes, cuando me mires como me mira Pedro, cuando recuerdes lo que te he dicho… ¡Oh, Juan, piensa… piensa que eres mi hijo!…
—No quiero que me dejes. No tengo más que a ti en el mundo.
—Pero piensa, hijo mÃo, que no podremos vernos sin avergonzarnos, sin que yo me sienta morir de pena y sin que tus ojos hagan bajar los mÃos.