Pedro y Juan
Pedro y Juan —Eso no es verdad.
—SÃ, sÃ, es verdad. Yo he comprendido todas las luchas de tu pobre hermano, todas, desde el primer dÃa. Ahora, cuando oigo sus pasos en la casa, parece que el corazón se me quiere salir del pecho; cuando oigo su voz creo que voy a desmayarme. Y hasta hoy te tenÃa a ti… pero desde hoy no te tendré tampoco… ¿Crees, Juan, que yo podrÃa vivir entre los dos?
—SÃ, mamá. Yo te amaré tanto que lo olvidarás todo.
—Eso no es posible.
—Lo es.
—¿Cómo quieres que lo olvide entre tu hermano y tú? ¿Lo olvidaréis vosotros?
—Yo te lo juro.
—No podrás.
—SÃ, te lo juro. Y además, escucha: si no he de verte, siento plaza de soldado y me hago matar.
La madre quedó vencida por esta pueril amenaza, y estrechando a Juan contra su corazón le acarició apasionadamente. Juan prosiguió:
—Yo te amo más de lo que piensas, mucho más. Vamos, sé razonable. Trata de quedarte ocho dÃas. ¿Me ofreces nada más que ocho dÃas? No puedes negarme esto.
Luisa apoyó sus dos manos en los hombros de Juan, y dijo: