Pedro y Juan
Pedro y Juan —Hijo mÃo, procuremos reflexionar tranquilamente. Déjame hablar ante todo. Si yo hubiera de oÃr una vez en tus labios lo que oigo desde hace un mes en los de tu hermano, si hubiera de ver en tus ojos lo que leo en los suyos, si hubiera de adivinar nada más que por una palabra o por una mirada que te era odiosa como a él… una hora después, ¿lo oyes? una hora después… habrÃa partido para siempre.
—Mamá, yo te juro…
—Déjame hablar… Desde hace un mes he sufrido todo lo que puede sufrir una mujer. Desde que comprendà que tu hermano, que mi otro hijo sospechaba de mÃ, y que adivinaba, minuto por minuto la verdad, todos los instantes de mi vida han sido un martirio imposible de explicar.
La voz de Luisa era tan angustiosa, que el contagio de su emoción llenó de lágrimas los ojos de Juan.
Quiso besarla, pero ella le rechazó.
—Déjame… escucha… tengo aún tantas cosas que decirte, para que comprendas… pero no comprenderás… Es que si yo hubiera de quedarme, serÃa preciso… No, no, no puedo.
—Habla.