Pedro y Juan
Pedro y Juan Conviene después considerar que, si a fuerza de observar los hombres, podemos determinar su naturaleza bastante exactamente para prever su manera de ser en casi todas las circunstancias, si podemos decir con precisión: «Tal hombre, de tal temperamento, en tal caso hará esto» no debe entenderse que podamos determinar una a una todas las secretas evoluciones de su pensamiento que no es el nuestro, todos los misteriosos impulsos de sus instintos que no son semejantes a los nuestros, todas las tendencias confusas de su naturaleza cuyos órganos, cuyos nervios, cuya sangre son diferentes de los nuestros.
Por mucho que sea el genio de un hombre débil, afable, sin pasiones, amante únicamente de la ciencia y del trabajo, jamás puede apoderarse bastante completamente del alma y el cuerpo de un mozo exuberante, sensual, violento, agitado por todos los deseos y aun por todos los vicios, para poder comprender o indicar los impulsos y las sensaciones más íntimas de este ser tan diferente, aunque puede presumir y contar todos los actos de su vida.