Pedro y Juan

Pedro y Juan

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En suma, el que hace psicología pura no puede hacer más que sustituirse a todos sus personajes en las diferentes situaciones en que los coloca, porque le es imposible cambiar sus órganos, que son los únicos intermediarios entre la vida exterior y nosotros, que nos imponen sus percepciones, determinan nuestra sensibilidad, crean en nosotros un alma esencialmente distinta de todas las que nos rodean. Nuestra visión, nuestro conocimiento del mundo adquirido por el auxilio de nuestros sentidos, nuestras ideas sobre la vida, no podemos más que llevarlos en parte a todos los personajes cuyo ser íntimo y desconocido pretendemos descubrir y revelar. Siempre somos nosotros los que nos mostramos en el cuerpo de un rey, de un asesino, de un ladrón o de un hombre honrado; de una cortesana, de una religiosa, de una joven pudorosa o de una verdulera, porque nos vemos obligados o proponernos así el problema: «Si yo fuera rey, asesino, ladrón, cortesana, religiosa, joven púdica o verdulera ¿qué es lo que yo pensaría?, ¿qué es lo que yo haría?, ¿cómo obraría yo?». No diferenciamos, pues, nuestros personajes más que cambiando la edad, el sexo, la situación social y todas las circunstancias de la vida de nuestro yo, que la naturaleza ha rodeado de una barrera de órganos infranqueable.

La habilidad consiste en no dejar reconocer este yo por el lector bajo todas las diversas máscaras que nos sirven para ocultarlo.


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