Pedro y Juan

Pedro y Juan

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—No es posible, puesto que Pedro ha vuelto. Vamos, ten valor. Yo lo arreglaré todo, te lo prometo, desde mañana. A las nueve estaré en casa. Vamos, ponte el sombrero. Voy a acompañarte.

—Haré lo que quieras —dijo ella con un abandono infantil, temerosa y agradecida.

Trató de levantarse, pero el sacudimiento había sido tan fuerte que no podía tenerse en pie.

Entonces Juan la hizo beber agua con azúcar, respirar álcali y la bañó las sienes con vinagre. Ella se dejaba llevar, destrozada y caída como después de un parto.

Por fin pudo andar y tomó su brazo. Cuando pasaron por delante del Ayuntamiento daban las tres.

Al llegar a la puerta de la casa, Juan la besó diciendo:

—Adiós, mamá. Valor.

Luisa subió sigilosamente la escalera, entró en su cuarto, se desnudó deprisa y se deslizó al lado de Roland que roncaba, con la emoción renovada de sus antiguos amores adúlteros.

En la casa sólo Pedro no dormía y la oyó llegar.


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