Pedro y Juan
Pedro y Juan Cuando hubo entrado en su cuarto Juan se arrojó sobre un diván, porque las penas y las preocupaciones que daban a su hermano ganas de correr y de huir influían de un modo muy diverso sobre aquella naturaleza soñolienta, quebrantándole las piernas y los brazos. Se sentía incapaz de ningún movimiento y no tenía fuerzas ni para irse a la cama, rendido de alma y cuerpo, destrozado y desolado. No estaba herido, como Pedro, en la pureza de su amor filial, en esa dignidad secreta que es la envoltura de los corazones altivos, sino abrumado por un golpe del destino que amenazaba al mismo tiempo sus más caros intereses.
