Pedro y Juan
Pedro y Juan Y meditó largo tiempo, inmóvil sobre los almohadones, formando y desechando combinaciones, sin encontrar ninguna satisfactoria.
De pronto le asaltó esta idea: ¿Podía un hombre honrado conservar la fortuna que había recibido?
Desde luego se contestó: «No», y se decidió a darla a los pobres. Esto era duro, pero tanto peor. Vendería su mobiliario y trabajaría, como trabajan todos los que empiezan. Adoptada esta resolución viril y dolorosa, se levantó y fue a apoyar la cabeza en los cristales. Había sido pobre y volvería a serlo, y no por eso se moriría.
Sus ojos miraban el farol de gas que ardía delante de él, al otro lado de la calle, cuando viendo una mujer retrasada que pasaba a la acera pensó de repente en la señora de Rosemilly, sintió en el corazón el golpe de las profundas emociones nacidas de un pensamiento cruel. Todas las tristes consecuencias de su determinación le ocurrieron de pronto. Tendría que renunciar a casarse con aquella mujer, renunciar a la felicidad, renunciar a todo. ¿Podía proceder así cuando ya se había comprometido con ella? Ella le había aceptado rico y también le aceptaría pobre; ¿pero tenía él derecho para pedirla e imponerla este sacrificio?