Pedro y Juan

Pedro y Juan

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Y en su alma, en que el egoísmo tomaba formas honradas, luchaban todos los intereses ocultos. Los primeros escrúpulos dejaban lugar a los razonamientos ingeniosos, luego reaparecían y volvían a desvanecerse.

Volvió a sentarse buscando un motivo decisivo, un pretexto poderoso para fijar sus vacilaciones y convencer su rectitud nativa. Veinte veces se había hecho esta pregunta: «Puesto que soy hijo de ese hombre, y lo sé y lo acepto, ¿no es natural que acepte también su herencia?». Pero este argumento no alcanzaba a destruir el «no» de su conciencia.

De repente pensó: «Puesto que no soy hijo de Roland, no puedo aceptar nada de él, ni vivo ni muerto. Esto no sería justo ni equitativo. Sería robar a mi hermano».

Este nuevo modo de ver le tranquilizó, calmando su conciencia, y volvió junto a la ventana.

«Sí, pensaba, es preciso que yo renuncie a la herencia de la familia, que se la deje íntegra a Pedro, toda vez que no soy hijo de su padre. Esto es justo. Y entonces, ¿no lo es también que conserve el dinero del mío?»

Habiendo reconocido que no podía aceptar la fortuna de Roland, se decidió a abandonarla íntegra y se resignó a conservar la de Marechal, porque renunciando a una y otra se encontraría reducido a la mendicidad.


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