Pedro y Juan

Pedro y Juan

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—Cuando Ud. quiera.

—¿Seis semanas?

—No tengo opinión. ¿Qué piensa mi futura madre?

La señora de Roland respondió con una sonrisa un poco melancólica:

—Yo no pienso nada. Solamente doy a Ud. las gracias por haber aceptado a Juan, porque Ud. le hará feliz.

—Se hará lo que se pueda, mamá.

Algo conmovida por primera vez, la señora de Rosemilly se levantó, y abrazando a la señora de Roland la besó largamente como una niña. Una emoción profunda conmovió el corazón enfermo de la pobre mujer al sentir aquella caricia. No hubiera podido explicar lo que sentía. Era dulce y triste a la vez. Había perdido un hijo y encontraba una hija.

Luego que volvieron a sentarse una en frente de otra, se cogieron de las manos y permanecieron así mirándose y sonriendo, olvidadas de Juan.

Después hablaron de una porción de cosas en que había que pensar para el próximo casamiento, y cuando todo estuvo decidido, la señora de Rosemilly pareció recordar de repente un detalle, y preguntó:

—Habrán Uds. consultado al señor de Roland, ¿no es verdad?


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