Pedro y Juan
Pedro y Juan Las dos mujeres al sentarse modificaron un poco el sitio normal de las sillas.
—¿No ha salido Ud. hoy? —preguntó la señora de Roland.
—No. Confieso a Ud. que estoy un poco cansada.
Y recordó, como para dar las gracias a Juan y a su madre, todo el placer que habÃa experimentado en la excursión del dÃa anterior.
—Esta mañana he comido mis cangrejos… —decÃa—. Estaban deliciosos. Cuando ustedes quieran repetiremos la partida…
El joven la interrumpió:
—Antes de comenzar la segunda hemos de terminar la primera.
—¿Cómo? me parece que está terminada.
—¡Oh! señora, yo por mi parte hice en la roca de Saint-Jouin una pesca que me quiero llevar a casa.
—¿Usted? —preguntó entre sencilla y maliciosa—. ¿Qué encontró Ud?
—Una mujer, y mamá y yo venimos a preguntar a Ud. si ha cambiado de opinión.
—No, señor. Yo no cambio nunca —contestó sonriendo.
Juan la tendió la mano, en la que ella puso con resolución la suya.
—Lo más pronto posible, ¿no es verdad? —preguntó Juan.