Pedro y Juan
Pedro y Juan Después la misma joven, sentada junto a una ventana abierta sobre el Océano, está desmayada en un sillón. Una carta ha caído de sus rodillas a la alfombra.
¡Ha muerto! ¡Qué desesperación!
Las visitas generalmente se sentían conmovidas y seducidas por la tristeza sencilla de aquellos asuntos transparentes y poéticos. Se comprendía desde luego la intención del artista, sin explicación y sin estudio, y se compadecía a las pobres mujeres, aunque no se supiera con precisión la causa del dolor de la más distinguida. Pero esta misma duda aumentaba el encanto. Sin duda había perdido a su prometido. La mirada se sentía atraída hacia aquellos grabados, y no se cansaba de contemplar la expresión de aquellas dos mujeres, que parecían dos hermanas. Se desprendía sobre todo del dibujo claro, bien concluido, cuidado, distinguido, a la manera de un grabado de moda, así como de los marcos relucientes, una sensación de limpieza y de rectitud que acentuaba todavía más el resto del mueblaje.
Las sillas estaban colocadas en un orden invariable, unas junto a la pared y otras al rededor del velador. Las colgaduras blancas, inmaculadas, tenían pliegues tan rectos y tan regulares que daba gana de arrugarlos un poco; y jamás un grano de polvo ensuciaba el fanal, donde el reloj de sobremesa, de estilo del Imperio, un globo dorado sostenido por Atlas de rodillas, parecía madurar como un melón de estufa.