Pedro y Juan

Pedro y Juan

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Habían llegado delante de la casa de la señora de Rosemilly, que vivía en la calle de Sainte-Adresse, en el piso segundo de una gran casa de su propiedad. Desde sus ventanas se descubría toda la rada del Havre.

Al ver a la señora de Roland, que entró la primera, en lugar de tenderle las manos, como siempre, abrió los brazos y la besó, adivinando la intención de su visita.

El mobiliario del salón, de terciopelo labrado, estaba siempre cubierto de fundas. En las paredes, tapizadas de papel de flores, había cuatro grabados, comprados por el primer marido, el capitán. Representaban escenas marítimas y sentimentales. Se veía en el primero la mujer de un pescador agitando su pañuelo desde la costa, mientras desaparecía en el horizonte la vela que llevaba a su marido. En el segundo, la misma mujer, de rodillas en la misma costa, se retorcía los brazos mirando a lo lejos, bajo un cielo lleno de relámpagos, sobre una mar embravecida, la barca del esposo próxima a irse a pique.

Los otros grabados representaban escenas análogas en una clase superior de la sociedad.

Una joven rubia sueña, apoyada de codos en la borda de un gran barco que parte. Mira la costa, ya lejana, con los ojos bañados en lágrimas.

¿Qué deja detrás?


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