Pedro y Juan

Pedro y Juan

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Luisa, después de una breve pausa, exclamó con pena:

—¡Qué dichosa hubiera yo sido casándome con otro hombre!

Entonces se exasperaba contra Roland, echando sobre su fealdad, su tontería, su torpeza, lo tosco de su inteligencia y el aspecto vulgar de su persona, toda la responsabilidad de su falta y su desgracia. A esto, a la vulgaridad de aquel hombre, debía haberle engañado, haber desesperado a uno de sus hijos, y hecho al otro la confesión más dolorosa que puede hacer el corazón de una madre.

Y murmuró: «Es terrible para una joven casarse con un marido como el mío». Juan no contestaba. Pensaba en el hombre de quien hasta entonces se había creído hijo, y tal vez la noción confusa que tenía hacía mucho de su mediocridad, la ironía constante de su hermano, la indiferencia desdeñosa de los demás, y hasta el menosprecio de la criada a Roland, habían preparado su alma a la terrible confesión de su madre. Le complacía más ser hijo de otro; y si después del gran sacudimiento de emoción de la víspera no había experimentado el sentimiento de la rebeldía, de indignación y de cólera, temido por la señora de Roland, es porque hacía mucho tiempo sufría sin darse cuenta de ello por ser hijo de aquel majadero.


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