Pedro y Juan

Pedro y Juan

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No hay necesidad del vocabulario extraño, complicado, numeroso y chino que hoy se nos impone con el nombre de artístico, para fijar todos los matices del pensamiento; pero es preciso discernir con extraordinaria lucidez todas las modificaciones del valor de una palabra según el lugar que ocupa. Tengamos menos nombres, verbos y adjetivos de sentido apenas perceptible, y más frases diferentes, construidas diversamente, ingeniosamente cortadas, llenas de sonoridades y de ritmos inteligentes. Hagamos esfuerzos por ser excelentes estilistas, mejor que coleccionistas de palabras raras.

Con efecto; es más difícil manejar la frase, hacerla decir hasta lo que no expresa, llenarla de sobreentendidos, de intenciones secretas y no formuladas, que inventar expresiones nuevas o buscar en antiguos libros olvidados todas las que están en desuso y han perdido su significado, y son para nosotros palabras muertas.

La lengua francesa, por otra parte, es un agua pura que los escritores amanerados no han podido ni podrán enturbiar nunca. Cada siglo ha arrojado en esa límpida corriente sus modas, sus arcaísmos pretenciosos y sus preciosidades, sin que sobrenade ninguna de esas tentativas inútiles, de esos esfuerzos impotentes. La naturaleza propia de esta lengua consiste en ser clara, lógica y nerviosa. No se deja debilitar, ni oscurecer, ni corromper.


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