Pedro y Juan

Pedro y Juan

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—No trataré de pescar nunca más después del medio día. En dando las diez es cosa concluida; ya no muerde nada, se conoce que el pescado duerme la siesta.

El buen hombre contemplaba el mar con la satisfacción de un propietario.

Era un antiguo joyero de París, a quien una afición desmedida a la navegación y a la pesca había alejado del mostrador en cuanto tuvo lo suficiente para vivir modestamente con su renta.

Se retiró, pues, al Havre, compró una barca y se hizo marinero de afición.

Sus dos hijos, Pedro y Juan, permanecieron en París para continuar sus estudios, y sólo de cuando en cuando iban a compartir los placeres de su padre.

Al salir del colegio, el mayor, Pedro, que tenía cinco años más que Juan, experimentó sucesivamente vocación por diversas profesiones, habiendo ensayado hasta media docena, una después de otra, disgustándose pronto de cada una y lanzándose en pos de nuevas esperanzas.

Por fin le tentó la medicina, y trabajó con tanto ardor que, después de breves estudios y dispensas de tiempo obtenidas del ministro, acababa de obtener el título de doctor. Era exaltado, inteligente, variable y tenaz, lleno de utopías y de ideas filosóficas.


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