Pedro y Juan
Pedro y Juan Juan, que tenía el cabello tan rubio como su hermano lo tenía negro, que era tan calmoso como su hermano arrebatado y tan dulce como su hermano irascible, había estudiado tranquilamente leyes y acababa de obtener su diploma de licenciado, al mismo tiempo que Pedro obtenía el de doctor.
Los dos habían ido a descansar al lado de su familia, y ambos pensaban establecerse en el Havre si podían hacerlo en buenas condiciones.
Pero una vaga envidia, una de esas envidias latentes que crecen invisibles entre hermanos o hermanas hasta la madurez y que estallan con motivo de un casamiento o de una dicha que recae en uno de ellos, les mantenía recelosos en una fraternal e inofensiva enemistad. Los dos se querían, pero se espiaban. Pedro, que tenía ya cinco años cuando nació Juan, había mirado con una hostilidad de animalito mimado aquel otro animalito que apareció de pronto en los brazos de sus padres, tan querido y tan acariciado por éstos.