Pedro y Juan

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—El mejor de todos —exclamó Roland—, un parisiense rabioso; no deja el boulevard por nada del mundo. Es jefe de sección en Hacienda. Yo no le he vuelto a ver desde que salí de la capital, y luego hemos dejado de escribirnos: ya sabe Ud. lo que pasa…

El notario añadió gravemente:

—El señor Marechal ha muerto.

Roland y su esposa hicieron a la vez ese movimiento de sorpresa triste, verdadera o no, con que se acoge siempre una noticia semejante.

Lecanú continuó:

—Mi colega de París me ha comunicado la principal disposición de su testamento, según la cual instituye por heredero universal a su hijo de usted Juan Roland.

El asombro fue tan grande, que a nadie se le ocurrió una palabra que decir.

La señora Roland fue la primera que, dominando su emoción, balbuceó:

—¡Dios mío!… ¡pobre León!… ¡pobre amigo!… ¡Dios mío!… ¡Dios mío!… ¡muerto!…

Aparecieron dos lágrimas en sus ojos, esas lágrimas silenciosas de las mujeres, gotas de pesar que salen del alma, corren por las mejillas y parecen tan tristes siendo tan claras.


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