Pedro y Juan

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Pero Roland pensaba menos en el dolor de esta pérdida que en la esperanza anunciada. Sin embargo, no se atrevía a preguntar en el acto por las cláusulas del testamento y la cifra de la fortuna, y preguntó para llegar a la cuestión importante:

—¿Y de qué ha muerto el pobre Marechal?

Lecanú lo ignoraba.

—Sólo sé que ha fallecido sin herederos directos, y deja toda su fortuna, unos veinte mil francos de renta en obligaciones del 3 por 100, a su segundo hijo de Ud., a quien ha visto nacer y criarse y al que cree digno de este legado. Si este caballero no aceptase la herencia, pasaría a los niños abandonados.

Roland ya no podía dominar su alegría, y exclamó:

—¡Diantre! Qué buena idea ha tenido ese hombre. ¡Ah! ¡Si yo no hubiera tenido hijos tampoco hubiese olvidado a tan buen amigo!

El notario sonreía.

—He querido tener el gusto de ser yo quien diera a Ud. la noticia. Siempre es una satisfacción ser portador de buenas nuevas.

Ni siquiera pensaba que esta buena nueva era la muerte de un amigo, del mejor amigo de Roland, el cual a su vez también había olvidado de repente esta intimidad que encarecía poco antes.


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