Pedro y Juan
Pedro y Juan Sólo la señora Roland y sus hijos tenÃan las caras tristes. Ella seguÃa llorando un poco, y se limpiaba los ojos con el pañuelo que después llevaba a la boca para reprimir grandes suspiros.
El doctor murmuró:
—Era un hombre muy afectuoso. Nos convidaba a comer muchas veces a mi hermano y a mÃ.
Juan, con los ojos abiertos y brillantes, se acariciaba la barba con la mano derecha, y dos o tres veces abrió los labios para decir alguna frase adecuada, pero después de pensarlo mucho no encontró más que ésta:
—Me querÃa mucho, en efecto, y me abrazaba siempre que iba a verle.
El pensamiento del padre corrÃa al rededor de aquella herencia inesperada, de aquel dinero escondido detrás de la puerta, que no esperaba para entrar más que una palabra de aceptación.
—¿No hay dificultades probables, pleitos ni disputas? —preguntó.
El señor Lecanú parecÃa tranquilo.
—No, mi colega de ParÃs me presenta la situación como muy clara. No falta más que la aceptación del señor.
—¡Soberbio! ¿Y la fortuna no está comprometida?
—Nada.
—¿Se han llenado todas las formalidades?