Pedro y Juan
Pedro y Juan —Todas.
De repente el antiguo joyero sintió alguna vergüenza, una vergüenza vaga, instintiva y pasajera, por su prisa en informarse, y añadió:
—Ya comprenderá Ud. que si le hago inmediatamente estas preguntas es por evitar a mi hijo disgustos que podrÃa no prever. Algunas veces hay deudas, una situación embarazosa, ¿qué sé yo? y se mete uno en un laberinto inextricable. Al fin no soy yo quien heredo, pero pienso ante todo en el pequeño.
En la familia llamaban siempre a Juan «el pequeño», aunque fuese mucho más alto que Pedro.
La señora de Roland, de repente pareció despertar de un sueño recordando una cosa lejana, casi olvidada, que habÃa oÃdo en otro tiempo, de la que no estaba segura, y balbuceó:
—¿No decÃa Ud. que nuestro pobre amigo Marechal habÃa dejado su fortuna a mi Juanito?
—SÃ, señora.
Entonces la madre replicó sencillamente:
—Me alegro; eso prueba que nos querÃa.
Roland se habÃa levantado.
—¿Quiere Ud., amigo, que mi hijo firme en seguida la aceptación?
—No, no… mañana, mañana en mi estudio… a las dos, si Uds. quieren.
—SÃ, señor; sÃ, señor… Ya lo creo…