Pedro y Juan
Pedro y Juan Entonces la señora de Roland, que también se había levantado y sonreía después de llorar, dio dos pasos hacia el notario, apoyó la mano en el respaldo del sillón y preguntó mirándole con la ternura de una madre agradecida.
—¿Y esa taza de té, señor Lecanú?
—Cuando Ud. guste, señora.
La criada empezó por sacar pastas secas metidas en hondas cajas de hoja de lata, esas insípidas galletas inglesas que parecen cocidas para que las coman los loros que tienen el pico duro, colocadas en cajas de metal para dar la vuelta al mundo. En seguida fue a buscar servilletas grises dobladas en forma de pequeños triángulos, esas servilletas que no lavan nunca las familias poco acomodadas. Por fin presentó las tazas y el azucarero, y salió para hacer hervir el agua. Entonces esperaron.
Nadie acertaba a hablar; tenían todos mucho qué pensar y nada qué decir. Sólo la señora de Roland buscaba frases banales, contando la partida de pesca y haciendo el elogio de la Perla y de la señora Rosemilly.
El notario respondía a todo que sí.
Roland, apoyado en el mármol de la chimenea, como se hace en invierno cuando arde el fuego, con las manos en los bolsillos y los labios unidos como para silbar, no podía estar quieto, torturado por el deseo imperioso de dar rienda suelta a su alegría.