Pedro y Juan
Pedro y Juan Los dos hermanos, sentados en sillones iguales, con las piernas cruzadas del mismo modo, a derecha e izquierda del velador central, miraban fijamente hacia adelante, en actitudes semejantes, pero con expresiones diferentes.
Por fin llegó el té. El notario tomó, azucaró y bebió su taza, después de haber desmigajado una galleta demasiado dura para mascarla; luego se levantó, dio la mano a todos y salió.
—Estamos de acuerdo —repetía Roland—, mañana a las dos en su casa de Ud.
—Corriente, mañana a las dos.
Juan no dijo una palabra.
Después de algunos minutos de silencio, Roland fue a dar dos palmaditas en la espalda al menor de sus hijos, diciendo:
—Pero hombre, ¿no me das un abrazo?
—No me parecía indispensable —contestó Juan sonriendo y abrazando a su padre.
Pero el pobre hombre no podía parar de gozo. Andaba, tocaba el piano en los muebles, giraba sobre los talones y repetía:
—¡Qué suerte!, ¡qué suerte! Es una suerte.
Pedro preguntó:
—¿Trataban Uds. mucho a ese Marechal?
El padre contestó: