Pedro y Juan

Pedro y Juan

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—¡Pardiez! pasaba en casa todas las veladas. Tú debes acordarte de él, que iba a recogerte al colegio los días de salida, y muchas veces te llevaba después de comer. Precisamente el día del nacimiento de Juan, él fue a buscar al médico. Había almorzado con nosotros, cuando tu madre se sintió mal. Al momento comprendimos de qué se trataba y marchó corriendo. En su precipitación tomó mi sombrero por el suyo. Recuerdo esto porque luego nos reímos mucho. Es probable que haya recordado este detalle antes de morir, y como no tenía herederos, diría: «Vaya, he contribuido al nacimiento de ese chico, le voy a dejar mi fortuna».

La madre, sentada en una mecedora, parecía abismada en sus recuerdos, y murmuraba como pensando en alta voz:

—Era un buen amigo, leal y constante… Un hombre raro en estos tiempos.

Juan se levantó diciendo:

—Voy a dar un paseo.

Su padre se admiró y quiso detenerle porque tenían que hablar, formar proyectos y adoptar resoluciones. Pero el joven se obstinó pretextando una cita. Ya tendrían tiempo de entenderse antes de entrar en posesión de la herencia.

Y salió, porque deseaba estar solo para reflexionar. Pedro, a su vez, dijo que iba a salir, y lo hizo algunos minutos después que su hermano.


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