Pedro y Juan
Pedro y Juan Pedro se dirigió hacia la calle de ParÃs, la principal del Havre y la más alumbrada, brillante y bulliciosa. El aire fresco del mar acariciaba su rostro, y andaba lentamente con las manos atrás y el bastón debajo del brazo.
SentÃa un malestar, una pesadez, un disgusto como si hubiera recibido alguna mala noticia. No le afligÃa ningún pensamiento determinado, y no hubiera podido explicar la causa de la pesadumbre de su alma y el letargo de su cuerpo. TenÃa algo, pero no sabÃa qué; habÃa en él un punto doloroso, una de esas heridas casi imperceptibles que no se encuentran, pero que molestan, fatigan, entristecen e irritan; un padecimiento desconocido y ligero, algo asà como un grano de pesar.
Cuando llegó a la plaza del Teatro se sintió atraÃdo por las luces del café Tortoni, y se acercó lentamente a la fachada iluminada; pero en el momento de entrar pensó que encontrarÃa amigos y conocidos con quienes tendrÃa que hablar, y experimentó una repugnancia súbita hacia esa frÃvola franqueza de las tazas y las copas. Entonces, retrocediendo tomó otra vez la calle principal que le llevaba hacia el puerto.
«¿Adónde iré?», se preguntaba, buscando un sitio que le gustase y fuese agradable al estado de su ánimo. No encontró ninguno, porque sentÃa estar solo y no deseaba encontrar a nadie.