Pedro y Juan

Pedro y Juan

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Al llegar al puerto vaciló una vez más, y por fin se dirigió al muelle: había escogido la soledad.

Pasando junto a un banco en el rompeolas, se sentó, cansado ya de andar y disgustado de su paseo antes de darlo.

Se preguntó: «¿Qué tengo yo esta noche?». Y se puso a buscar en su memoria qué contrariedad había podido alcanzarle, como se interroga a un enfermo para encontrar la causa de su dolencia.

Tenía el espíritu irritable y reflexivo al mismo tiempo; se arrebataba y después razonaba, aprobando o condenando sus arrebatos; pero en él la primera naturaleza era en definitiva la más fuerte, y el sentimiento dominaba siempre a la inteligencia.

Buscando de dónde procedía aquel enervamiento, aquella necesidad de moverse sin desear nada, aquel deseo de encontrar a alguno para no ser de su opinión, y también aquel disgusto por las gentes a quienes podría ver y por las cosas que le pudieran decir, llegó a preguntarse: «¿Será por la herencia de Juan?».

Sí; después de todo era posible. Cuando el notario anunció aquella noticia, sintió que su corazón latía con más fuerza. Seguramente no es uno dueño de sí mismo, y a veces se lucha en vano contra emociones espontáneas y persistentes.


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